Después de varios días de tensión entre los tres miembros que comparten el piso, el lío de bragas, la fianza y los preservativos tomaba un nuevo rumbo. Atrás quedaron los malentendidos, los malos rollos. Decidieron pasar página y adoptar una actitud positiva, pero cada quien lo hizo a su manera.
Norma, que era la más afectada, no de manera física, pero sí sentimentalmente, pensó que encontraría en Gabriel una nueva oportunidad para satisfacer sus deseos íntimos. Iniciar una relación sentimental no la había descartado.
Sofía no se veía afectada por lo sucedido en el sofá, al contrario, le daba ventaja sobre la otra mujer, la edad y una simple prenda la había colocado un paso por delante, era en apariencia la más beneficiada.
Gabriel, a pesar de todo, solo se dejó llevar. Vio una oportunidad para una relación y aceptó, nada lo ataba a ella, hizo lo que debía en aquel momento y salió ganando.
Norma se encerraba en su habitación al volver a casa, pensaba, intentaba atar los cabos sueltos, no tenía claras las palabras de Gabriel.
¿Qué le había dicho Sofía? ¿Por qué llevaba unos preservativos aquella noche?
Eran preguntas que distraían su serena madurez.
Revisando la cámara que días antes había instalado en el salón principal, se sorprendió al ver las grabaciones en el ordenador, no daba crédito a aquello que veía. La increíble pasión con la que disfrutaban Sofía y Gabriel quedó en su retina, su pecho se llenó de éxtasis al descubrir que aquel sofá negro servía muy bien para hacerlo, los cojines atrapaban, las posiciones más diversas que no había experimentado antes, todo quedó grabado en su mente.

Después de ver aquello, ya no miraba a la pareja con los ojos de envidia por no haber sido la elegida, al contrario, los miraba con la calidez que da saber que alguien se ha entregado a los deseos sin pensar en las consecuencias, como cuando terminas y quedas satisfecho por haber culminado y luego viene una paz, un abrazo o una mirada cómplice.
Era una de sus fantasías hecha realidad, Sofia y Gabriel, se la habían regalado.
Cerraba su puerta, en completo silencio repasaba el vídeo, lo miraba, pausaba cuando era necesario, sus manos recordaron el camino por donde la lujuria la envolvía, sus dedos se adentraban poco a poco en aquel viscoso lugar tan íntimo que le provocaba espasmos acalorados. Se sonrojaba a más no poder y al culminar, se rendía a los brazos de un sueño profundo.
Gabriel seguro que había oído más de una noche de tortura silenciosa, su habitación estaba al lado, el desenfreno, los gemidos y el silencio total la delataban, no era normal aquel comportamiento en ella, pero era lo que las imágenes habían ocasionado.
Se preguntaba a qué se debía ese nuevo ritual en sus noches. No preguntó nada del tema, pero la atmósfera cambió entre ellos.
La amabilidad desde las primeras horas de la mañana, las bebidas frías sobre la mesa, oír a Norma llamarlo desde su habitación, solo con la intención de hacerle saber que estaba ahí para lo que quisiera, le dejaba una sensación no desagradable, pero sí confusa, aún mantenía entre sus pertenencias los preservativos, quizás el momento de usarlos estaría a una puerta de distancia.
El calor subía por las noches, espiar tras la pared se había vuelto un delicado secreto imposible de confesar, un secreto que ambos mantenían, nadie lo comentaba al día siguiente, solo existía la complicidad.
Los días transcurrieron y quedaba una semana para que terminara aquel mes de calores insoportables, difíciles de sobrellevar sin una corriente de aire o un poco de placer entre las sábanas. La mirada de Norma sobre él dejó claro el camino que debía seguir. Había conseguido centrar su atención; después de todo, Gabriel era un hombre joven, fácil de cautivar cuando una mujer despertaba su interés.
Norma lo comprendió y decidió jugar sus cartas con paciencia.
Dos pasos, sencillos para alguien que ya reúne ciertas habilidades en seducción. Una noche al no ver a Sofía, decidió llevar a cabo el primero. Lo llamó a su habitación, nuevamente el bolso, empinada sobre aquel ropero, recién salida de la ducha y sin más que una toalla corta, la prominencia de su cuerpo hizo lo demás. No hicieron falta palabras que adornasen este momento, las babas en aquella boca juvenil, eran la respuesta que ella esperaba.

Gracias Gabriel, déjalo sobre la cama, debo vestirme. —dijo, mirándolo y sonriendo a escondidas.
El mismo paso, distintas prendas, distancia premeditada y la misma respuesta.
Esperó los días de libranza de Sofía, la naturalidad entre los tres se sentía a tal punto que Norma organizó un picoteo informal, en la sala de estar. El sofá negro fue el protagonista, miradas discretas entre unos y otros, uno advertía sin demostrar mucho la sorpresa, la rueda giraba entre ellos, cada uno se llevaba una silenciosa impresión de lo sucedido.
La semana empezaba nuevamente, este juego se prolongaba, Sofía advertía algo, no sabía qué, en el fondo le ganaba la curiosidad y dio el paso equivocado, le reclamó a Gabriel.
Norma se enteró por confesión de él mismo, mientras tomaban una bebida en la cocina, ella tomó nota de eso, estaba claro que entre ellos no existía una relación, no opinó, no juzgó, la ilusión de formar una pareja volvía a vislumbrarse, esperó paciente, no quería ser el premio consuelo o un paño de lágrimas.
Gabriel sabía que si quería conseguirla debía de esforzarse un poco, no sería el resultado de un calentón, intuía que Norma estaba sola, pero por eso no se iba a acostar con él así de fácil. Aquellas noches de calores y sudores, de prendas ligeras y torsos desnudos, debían de aportar alguna ventaja; al fin y al cabo, casi todas las noches estaban solos en el piso.

La noche en que todo cambió, no fue en la habitación de Norma.
Gabriel debía de poner un clavo en la pared, llamó a Norma, que recién salía del baño, al ingresar en la habitación un suave aroma cítrico de eau de parfum, la envolvió.
Miraron el lugar donde debía ir el clavo. Norma asintió con la cabeza y se apoyó en el ropero. Gabriel se acercó despacio, rodeó su cintura y buscó su mirada. Ella la sostuvo unos segundos antes de bajarla. Él le levantó suavemente la barbilla y la besó. Ninguno de los dos necesitó decir una sola palabra.

Por extraño que parezca, Sofía volvía al piso, esta larga semana le había causado jaquecas, insomnios, volvía de la estación del metro por una pastilla que aliviara aquellas molestias, estaba con tiempo, así que beber algo le vendría bien.
Al abrir la puerta principal, el silencio reinaba como de costumbre, dos vasos en la mesa de la cocina, no era típico, llenó el suyo y caminó a su habitación. Los sonidos de suaves gemidos agudizaron su atención, pensó que era su propia cabeza reclamándole atención. Al acercarse al pasillo, oyó risas en una de las habitaciones, sabía que no era su imaginación, aquí estaba pasando algo, se acercó cautelosamente a la puerta de Gabriel.
Frunció el ceño, creyó reconocer la voz de aquella mujer.
De pie ante el pomo de la puerta. Esperó unos segundos más.
Quería saber si esa voz era de ella.
Se quedó inmóvil.
Se cubrió los labios con una mano y dio un paso atrás, alejándose lentamente de la puerta.
🎬 Detrás de cámaras
El relato termina aquí, pero no todas las imágenes llegaron a formar parte de esta historia.
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