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Sofía, mi compañera de piso. Parte I

Mi nombre es Gabriel. Desde que conocí a mi compañera de piso, no he dejado de hacerme una pregunta: ¿pueden dos personas que apenas se conocen terminar compartiendo algo más que el alquiler?

Despertador, ducha fría, café y salir con prisa rumbo al trabajo, es mi rutina de cinco días a la semana. Todo avanza con normalidad 7:00 am y debo estar abasteciendo las góndolas de los congelados en el súper, no es difícil, pero alguien tiene que hacerlo.

Esos días grises, entre congelados y rutinas mecánicas, terminan iluminándose al abrir la puerta del piso y ver a Sofía en la cocina. —Ella es mi compañera de piso—. Preparándose el primer café de la mañana, lo digo así porque trabaja por las noches. Mientras yo curro ella duerme.

En más de una ocasión hemos coincidido; en la cocina, decidir por quien ocupa el baño, a la entrada principal del edificio.

Al llegar al piso charlamos sobre cómo ha ido mi día o cómo le fue la noche anterior. Sé que recién se ha levantado, por las prendas que lleva. Debo admitir que tiene unas hermosas piernas. Verla en finas prendas me levanta el ánimo.

Estos encuentros son casuales, cada uno nos acerca, compartimos el gusto por una taza de  café al despertar, la música pop, pero creo que los ejercicios son sin duda lo que más nos une.

Conozco a Sofía desde hace más de 2 meses, el tiempo que llevo viviendo en este piso.

Desde que la conocí me atrae de una forma difícil de ignorar. Sofía cuida mucho lo que come, se nota en su cuerpo definido y en cómo viste su ropa deportiva. Tiene un carisma latino que llena cualquier espacio, siempre abierta, siempre directa.

Yo en cambio, soy más reservado, y a veces intento seguirle el ritmo sin demasiado éxito. Sus carcajadas terminan ocupando toda la habitación.

Los días que ella descansa nos vemos en la terraza, frente al paisaje verde que se abre ante nosotros, bajo los últimos rayos del sol. Miradas cómplices, dedos sobre los músculos fortalecidos y música suave de fondo.

Estas últimas semanas, Sofía se había tomado unos días de vacaciones. Lo que hacía que tuviésemos más tiempo para conocernos, coincidíamos casi a diario.

Cuando vuelvo del trabajo ya no está en la cocina, —donde solía encontrarla— ahora la veo en  la sala, sobre su esterilla de yoga realizando alguna posición. Mallas negras, en ocasiones blancas, verla así, me deja sorprendido ya que puedo apreciar toda su anatomía bien definida, me impresiona que no se sorprende al verme llegar. Al contrario, insiste en acompañarla.

Enseguida me pongo el short y me uno. Cuando lo único de lo que tenga ganas es de echarme una siesta. Pero ahí estoy, a su lado, inspirando, expirando.

Nuestras conversaciones, se están dirigiendo hacia temas personales. Sé que hace poco ha terminado la relación con su pareja. Me comenta entre risas que no fue fácil adaptarse al ritmo laboral de la hostelería, pero compartir vivienda es lo que más le ha costado.

Ella, acostumbrada a ir a su aire, ahora que comparte piso debe tener cierto reparo con lo que viste, sobre todo cuando estamos los tres.

—Intento bromear…

—Pero… te quedan bien esos pantaloncillos cortos —le digo.

Se sonroja ligeramente cuando añado que me encantan los hoyuelos de sus mejillas cuando sonríe.

Estamos relajados hasta que vemos que se acercan las nueve de la noche. A esa hora suele llegar Norma, la dueña del piso. Nos tiene algo tensos. Es una mujer madura, soltera, y de pocas bromas.

Sofía me comenta que le resulta extraño que me haya aceptado en el piso. Sonríe.
—Aquí ha venido cada persona… se habrá cansado de entrevistar a tanta gente.

Aun así, no vamos a mentir: el piso siempre está impecable, sin olores y en completo silencio.

Una tarde de verano —casi como una cita—, Sofía y yo coincidimos en el piso. Persianas abajo, creando una oscuridad suave en el salón. Ella recostada en el sofá negro, luciendo un pantaloncillo corto celeste y un top blanco ceñido a su figura.

Al llegar al piso y encontrarlo casi a oscuras, encendí la luz del recibidor, a simple vista no observé nada, pase a la cocina, venía de hacer unas compras para la semana, bebí algo de agua y caminé hasta mi habitación. Es ahí cuando la vi, tendida sobre el sofá, descansaba plácidamente a pierna suelta, lo que entendí, ya que la esterilla aun seguía en el suelo.

Caminé en silencio sin hacer ruido, era la primera vez que la veía dormida, lucia tan serena, me detuve a observarla, en mi mente habían pensamientos por querer acercarme a ella y besarla, arroparla con una manta, cogerla en brazos y llevarla a su cama. Pero solo somos compañeros de piso, no tengo tanta confianza.

Me senté sobre mi cama y no dejé que las ideas románticas me absorbieran, ordené mi ropa, los zapatos, el desorden de todas las mañanas. Me apetecía recostarme un rato. Mi mente imaginaba, me quedé con la imagen de Sofía sobre el sofá negro. Su silueta recostada mostrando más allá de sus fortalecidos músculos.

Fueron breves segundos de contemplación, pero no podía olvidar.

Entre mis pensamientos y sentimientos, escuché un grito de dolor. Salí de mi habitación preocupado. Sofía se quejaba de la pierna derecha; sentada, intentaba aliviarlo sin éxito. El dolor seguía y no encontraba la forma de calmar aquella tensión.

Me acerqué y le pedí que estirara la pierna. Lo hizo durante unos segundos. Poco a poco la calma volvió a su cuerpo: solo había sido un calambre provocado por alguna mala postura.

Le sugerí que frotara su pierna con algún gel relajante.

—¿Me ayudas? —preguntó Sofía.

La miré un segundo antes de responder.

—Claro… pero ahora mismo no tengo ninguno —dije.

—En mi habitación, sobre la mesita de noche hay uno de color morado —añadió, acomodándose despacio en el sofá—. No te asustes por el desorden de la cama —sonrió, esta vez más leve.

Me quedé quieto un instante. Luego me levanté.

Al volver de su habitación, me agradeció la ayuda mientras se acomodaba los cabellos. Ya estábamos en esa situación, y había que salir de ella de una forma u otra.

Al estar a su lado, frotando su pierna adormecida, noté que nuestros cuerpos se buscaban, había tranquilidad en el ambiente, la suave corriente de aire meneaba la cortina.

Intentaba no romper el momento con algún comentario, me mantenía en silencio, intentado pensar hasta donde llegaría este masaje.

La sentí relajada, tanto así que vi como su cuerpo adoptaba una posición de total confort y sus manos aferradas a los cojines del sofá.

Era inevitable no fijarme en ella mientras el gesto del masaje seguía. Nada interrumpía el momento, y el aire entre nosotros se volvía cada vez más denso. Ella, calmada por el efecto del gel, había dejado caer parte de su vergüenza habitual.

Yo en cambio, seguía sin encontrar el punto exacto para detenerme. No había una señal para parar, éramos dos almas con ganas de seguir alimentando esta calurosa situación.

Sofía suavemente apartó mis manos, no me moví, reaccioné cuando sus labios se unieron a los míos, ese beso húmedo lo cambió todo. Sus dedos estrujaron mi espalda.

Dejamos caer sobre el suelo nuestras ropas. Ella mantenía sus prendas íntimas, fue lo último en lo que pensamos. Su piel era tan suave que la acariciaba despacio para sentirla por más tiempo.

No hicieron falta palabras. La distancia entre nosotros ya no existía. El deseo y el riesgo se mezclaban en el mismo punto, y aun así no había forma de separarnos.

Decidimos que este sería el lugar. Ella se detuvo un segundo y me miró.

—Cuídate por favor —dijo en voz baja—. No quiero tener que ir a la farmacia después.

Nos miramos. ¿Adónde iría yo ahora por preservativos?

Ve a la habitación, en el cajoncito de la mesita de noche hay algunos —de cuando tenía pareja, dijo—

Creí que era una broma, ir y volver. Nos besamos con más intensidad, pero ella seguía en esa posición de seguridad que parecía no querer romper del todo.

Propuse ir hacia allá; además, era mejor recoger un poco el salón antes de seguir.

Asintió tiernamente.

Recogimos nuestras prendas del suelo y visualizamos el camino para su habitación.

Para las nueve de la noche, aun había tiempo de sobra.

En ese instante, caminando detrás de ella, volví la vista hacia el salón y levanté la mirada por puro reflejo. Sobre el librero distinguí una pequeña cámara de seguridad.

Me quedé helado. Sofía me preguntó qué ocurría, pero no le respondí.

Entré en su habitación y cerré la puerta tras de mí, pero ya no podía dejar de pensar en la pequeña cámara que había visto.

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