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El secreto de Valeria. Un trasportín.

Lo que parecía una visita rutinaria para recoger un trasportín se convierte en el descubrimiento de un secreto inesperado. Una mujer madura, elegante y un teléfono que cambia por completo la percepción de una tarde cualquiera.

Fui a casa de Valeria aquella tarde para recoger un trasportín que había prometido prestarme para mi chihuahua.

Ella había sido la pareja de mi tío muchos años atrás. Su relación terminó hacía tiempo, pero nunca desapareció de nuestras vidas. Con el paso de los años dejó de ser «la mujer de mi tío» para convertirse simplemente en Valeria.

Seguía apareciendo en cumpleaños, reuniones improvisadas y alguna que otra comida familiar. Mi madre la consideraba una amiga, y para mí era una presencia habitual desde hacía tanto tiempo que apenas recordaba cuándo había comenzado a formar parte de nuestro entorno.

La última vez que vi a Valeria fue hace tres meses. Como siempre, lucía radiante. Desde que dejó de formar parte del entorno familiar en el sentido estricto, empecé a mirarla de una forma distinta, más consciente, más lenta.

Es una mujer madura, de presencia firme y cuidada, con una figura marcada especialmente en las caderas, algo que se acentúa sin esfuerzo cuando camina. Aquella vez llevaba unos vaqueros ajustados y tacones altos que le daban un porte elegante, casi hipnótico en su manera de moverse, como si cada paso estuviera medido sin parecerlo.

Llegué a su portal, sobre las 16 horas, ese día yo salía de fin de semana romántico, y el perro nos acompañaría.

El secreto de Valeria, en el recibidor.

Cuando se abrió la puerta, un aroma dulce a incienso escapó al rellano.

—Pasa, cariño, te estaba esperando. —dijo con una sonrisa amable mientras me daba dos besos.

Me recibió con naturalidad, aunque en sus ojos apareció una ligera duda, como si hubiera calculado otra hora para esa visita.

Normalmente siempre la había visto en ropa casual. Pero ahora, una fina bata de seda blanca caía sobre su figura con una naturalidad que llamaba mi atención. Su cabello color vino tinto descansaba sobre los hombros y unos tacones oscuros resonaban suavemente contra el suelo de madera.

Me quedé inmóvil unos segundos.

No por la ropa. No por el perfume.

Sino porque había algo en su mirada que no conseguía descifrar.

Ella se giró y comenzó a caminar hacia el salón.

—Ven, siéntate por favor, te traeré el trasportín.

Valeria avanzó por el pasillo con naturalidad, ajena —o fingiendo estarlo— a la atención que despertaba.

Yo me quedé unos pasos atrás.

La conocía desde hacía años. Había compartido cafés, conversaciones y reuniones familiares. Sin embargo, aquella tarde parecía otra persona.

El aroma a incienso seguía flotando en el aire.

Ella desapareció unos instantes en la cocina mientras yo discretamente observaba el salón. Cuando regresó con dos bebidas, dejó las copas sobre la mesa y tomó asiento en el sofá.

Las piernas juntas, la espalda recta y una sonrisa que aparecía y desaparecía con la misma rapidez que sus miradas hacia el reloj.

Esa tensión en su gesto llamó mi atención.

No la elegancia con la que se movía. Sino el nerviosismo.

Valeria esperaba algo, o a alguien?

Sentados en el sofá color camello, conversábamos con la naturalidad de dos personas que se conocen desde hace años. Hablamos del calor, de los paseos con mi perro y de cosas cotidianas. Valeria preguntó por mis padres, por los amigos de siempre, por mi novia.

Aquella última pregunta llegó acompañada de una sonrisa difícil de interpretar.

Yo me sentía cómodo allí. Demasiado cómodo.

Entonces ocurrió.

Un breve zumbido rompió el silencio.

Mi atención se dirigió automáticamente hacia nuestros teléfonos. El mío descansaba sobre la mesa. El de Valeria seguía junto a ella en el sofá.

Volvió a sonar. Esta vez estaba seguro.

El sonido procedía de alguna habitación al fondo de la casa.

Valeria giró apenas la cabeza hacia el pasillo.

Fue un gesto pequeño. Casi insignificante.

Pero suficiente para que algo cambiara en el ambiente.

Tuve la sensación de que aquella tarde no estaba transcurriendo exactamente como ella lo había planeado.

Tardé unos segundos en convencerme de que no ocurría nada extraño.

Quizá estaba imaginando cosas.

Quizá el incienso, el calor y aquella atmósfera tan distinta a la que recordaba me estaban haciendo prestar atención a detalles sin importancia.

—¿Puedo usar el baño? —pregunté.

—Claro —respondió Valeria—. Está al final… bueno ya lo conoces.

Di un par de pasos y me detuve.

—¿Estará ocupado?

Ella me miró sin entender la pregunta.

—Aquí no hay nadie más.

Sonrió con naturalidad. Demasiada naturalidad.

Continué caminando.

Fue entonces cuando lo vi. Apenas una fracción de segundo.

Un destello sobre la cama de la habitación que quedaba junto al baño.

La pantalla de un teléfono móvil.

La luz azulada de una notificación acababa de apagarse.

Seguí avanzando como si no hubiera visto nada.

Pero mi cabeza ya no estaba en el pasillo. Ni en el baño.

Ni siquiera en aquella conversación sobre mi perro.

Porque el móvil de Valeria estaba en el salón.

Y el mío seguía sobre la mesa.

Entonces, ¿de quién era aquel?

Entré al baño y cerré la puerta.

El baño estaba impecable.

Demasiado ordenado para una casa donde, aparentemente, no había nadie más.

El silencio se hizo más intenso al otro lado.

Durante unos segundos no escuché nada.

Después llegaron los pasos.

El sonido inconfundible de unos tacones recorriendo el suelo de madera.

Lentos. Controlados.

Como si no quisiera hacer ruido.

Me quedé inmóvil.

Escuchando.

Los pasos avanzaron por el pasillo.

Y se detuvieron justo frente a la habitación donde había visto la luz.

Esperé un momento y salí del baño dispuesto a marcharme.

Había ido por un simple trasportín y no tenía ninguna intención de convertirme en protagonista de una historia extraña.

Mientras regresaba al salón, lancé una mirada rápida hacia la habitación.

La cama seguía allí.

Las almohadas en el mismo sitio.

La sábana perfectamente estirada.

Pero el teléfono había desaparecido.

Sentí una extraña mezcla de alivio y confusión.

Quizá nunca estuvo allí.

Quizá solo había visto un reflejo. Volví al sofá.

Valeria seguía sentada donde la había dejado.

Sonrió al verme regresar.

Una sonrisa amable. Tranquila.

Como si nada hubiera ocurrido.

Tomé asiento a su lado y apuré el último trago de mi vaso.

Fue entonces cuando lo vi.

Sobre la mesa de centro descansaba un teléfono móvil.

No era el mío.

Y tampoco era el que había visto unos minutos antes.

Mis ojos buscaron instintivamente el suyo.

Ya no estaba a su lado. Había desaparecido.

Ahora había otro.

Sentí un leve escalofrío.

No porque creyera que estuviera ocurriendo algo grave.

Sino porque nada encajaba.

Valeria hablaba con absoluta normalidad.

Volvió a preguntar por mi perro.

Incluso se rió de una anécdota que acababa de recordar.

Pero mientras la escuchaba, una parte de mí seguía observando aquel teléfono.

Como si hubiera aparecido allí para que yo lo viera.

Y, sin embargo, fingiera que no existía.

Valeria se levantó del sofá con una sonrisa serena.

—Voy a por el trasportín.

La observé alejarse por el pasillo hasta la mampara de vidrio que separaba la vivienda de una pequeña galería al fondo.

Cuando desapareció de mi vista, el silencio regresó.

Tic. Tac. Tic. Tac.

El reloj del salón parecía sonar más fuerte que antes.

Mis ojos volvieron a posarse sobre aquel teléfono.

Sabía que había sonado. Estaba seguro.

Y, sin embargo, allí permanecía, como si estuviera esperando algo.

Aparté la mirada. No era asunto mío.

Había ido a recoger algo y marcharme. Nada más.

Pensé en silencio, que tienes aquí, que secreto guardas.

Pero la curiosidad es una fuerza difícil de ignorar cuando las piezas no encajan.

Miré hacia el pasillo. Nadie.

Volví a mirar el móvil. Tic. Tac. Tic. Tac.

Alargué la mano.

Solo para comprobar una cosa. Nada más.

Lo tomé entre mis dedos y presioné el botón lateral.

La pantalla se iluminó.

Esperaba encontrar un patrón. Una contraseña.

Algún tipo de bloqueo.

Pero no apareció nada.

La pantalla principal surgió ante mis ojos de inmediato.

Desbloqueado.

Sentí un pequeño escalofrío recorrerme la espalda.

Porque aquello ya no tenía ningún sentido.

Un teléfono desconocido. En casa de Valeria.

Sonando desde una habitación.

Y ahora, completamente accesible.

Como si alguien quisiera que fuese encontrado.

Entré.

No sé exactamente en qué momento tomé esa decisión.

Solo sé que la pantalla del móvil se abrió ante mí como si me estuviera esperando.

WhatsApp. Conversaciones recientes.

Números sin registrar, sin un alias o algo.

Conversaciones sin contacto guardado.

Fui a por el último mensaje que había entrado.

Lo abrí.

Las primeras líneas hablaban de sesiones, horarios y disponibilidad.

De un servicio discreto. De encuentros programados. De tiempos cerrados.

De una persona que llegaría alrededor de las seis de la tarde.

Leí una vez. Luego otra.

Sentí cómo el significado de aquella tarde empezaba a cambiar delante de mis ojos.

Era algo que no encajaba con la mujer que yo creía conocer.

Levanté la vista instintivamente hacia el pasillo. Capture el número de móvil.

El sonido de la casa seguía siendo el mismo.

Silencioso. Normal.

Y, sin embargo, aquello lo cambiaba todo.

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