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Aprendiendo de Laura: La primera lección

Este relato Aprendiendo de Laura es la continuación del primer episodio, —aquí— donde te cuento cómo la madre de Adrián, mi mejor amigo, me guía hacia mi primera lección, despertando en mí sensaciones que nunca imaginé sentir por alguien mayor que yo.

En aquel momento, esconderme era la única opción.

Oí claramente la voz de Adrián y su chica, el golpe seco de una puerta al cerrarse y luego, una canción sonando a todo volumen.

Después de permanecer oculto un largo rato, salí a hurtadillas.

Solo ella sabía que yo estaba allí; era imposible que su hijo sospechara algo. Laura —creo yo—revisó el piso con calma, cuidando cada detalle, y solo cuando todo volvió a parecer normal volvió a su habitación.

Aprendiendo de Laura, relato erótico.

Al salir del cuarto de la plancha, me dirigí a la habitación de Laura. Deseaba no cruzarme con nadie en esos pocos metros.

Al mirarme entrar, se quedó inmóvil, sorprendida. No imaginaba que siguiera en su piso, no después de haber estado tan cerca de ser descubiertos.

Verla sentada sobre la cama me tranquilizó. La habitación estaba silenciosa, y cada pequeño ruido hacía que mi corazón latiera más rápido.

Tenerla cerca, estar aprendiendo de Laura, me acercaba hacia mi primera lección.

Me detuve a sus pies y subí despacio, abriéndome espacio entre las sábanas. La necesidad de sentir sus labios me guiaba, como si solo eso pudiera calmar mi angustia.
Laura me miraba llegar a su regazo; sus suspiros entrecortados hacían innecesaria cualquier otra explicación.

Estar pared con pared con Adrián, mientras compartía este secreto con Laura, me quemaba por dentro. Cada sonido, cada respiración contenida, hacía que el momento se volviera intenso y único. Jamás podría contárselo a nadie; el simple riesgo de que Adrián se enterara lo hacía aún más excitante.

Estaba cerca de mi primera lección.

Paul, debes irte. Si mi hijo se entera que estás aquí, no tendría cara para mirarlo a los ojos.

¿Pero por qué?

Eres su mejor amigo. Estás en mi habitación. Soy mayor que tú… ¿quieres que siga?

Shh… escucha.

¿Qué cosa?

                La música a todo volumen.

Y eso que tiene que ver…

                ¿Qué crees que están haciendo?

¡Ay! Paul no entiendes… no eres consiente verdad.

—Sí —susurré—, pero quiero estar a tu lado.

Sus ojos se iluminaron con un brillo distinto, más frágil. En nuestras charlas siempre se mostraba segura; ahora estaba expuesta, vulnerable.

Podría salir de su habitación en cualquier momento… ¿Y si te pilla aquí? No quiero ni imaginarlo…

Dos besos inesperados sobre sus labios la dejaron sin palabras. Me acomodé entre sus pechos, dejando que cada roce hablara por mí. La ternura que sentía ahora despertaba en mí un deseo distinto, más intenso y profundo, que hacía latir mi corazón de otra manera.

Déjame estar a tu lado. Solo eso.

Había algo más que adrenalina; una emoción ardiente me recorría, imposible de ignorar mientras me acercaba a ella.

No… no. Mira cómo tengo la piel erizada. Vete por favor. ¡Te avisaré cuando se vayan!

Solo déjame estar a tu lado un momento más.

Mi aliento tocaba sus mejillas con cuidado, torpe y curioso, como si pudiera desarmar el frágil hilo que nos unía en aquel instante.

Ay, Paul… tu tranquilidad me desarma, y no sé cómo decir que no.

Se dejó caer contra el cabecero y yo quedé apoyado sobre su pecho. Cada inhalación nos acercaba un poco más; la serenidad que me envolvía se mezclaba con una excitación intensa, un cosquilleo imposible de ignorar.

Escúchame bien. Si oyes el menor ruido, te escondes bajo la cama. No pienso arriesgarlo todo, ¿me oyes?

Vale… lo que tú digas.

Laura dejó de vigilar la puerta y acomodó la cabeza con aparente placidez sobre la almohada. Nos mirábamos en silencio, sonriendo apenas. Sus manos inquietas se perdían en mis cabellos, descendían por mis mejillas y se detenían un instante en mis labios, como si dudaran.

Su respiración se volvió más profunda; el vientre se le tensaba con cada inhalación mientras su mirada se extraviaba en el blanco del techo. Sus dedos terminaron aferrándose a las sábanas floreadas.

No puedo creer lo que estás haciendo —exclamó al fin, en un tono suave, casi indulgente.

Apoyado sobre su pecho, cerré los ojos y dejé que sus latidos me llenaran de serenidad. Después de todo lo ocurrido, la calma y nuestra complicidad regresaron, suaves pero intensas.

La música seguía retumbando al otro lado de la pared, un recuerdo lejano del mundo exterior que ahora parecía no pertenecernos.

¿Esperamos a que se vayan? —preguntó, y nos reímos en susurros, dejándonos llevar por la intimidad del momento.

Bese suavemente sus labios antes de deslizarme lentamente hacia abajo, sintiendo cada pequeño estremecimiento que provocaba mi cercanía.

La música se detuvo de golpe. En un instante, sin entender cómo, mi cuerpo se deslizó bajo su cama.

Te lo dije… te lo dije —susurraba una y otra vez, como si la repetición pudiera protegernos del peligro invisible.

—¡Toc, toc! ¿Puedo pasar?

—Madre —dijo Adrián—, me voy a casa de Lucí. Olvidó que mañana tiene universidad y vamos a comprar algunas cosas… ¿y esta chaqueta?

Se me habrá caído, déjala por ahí —dijo Laura.

Mi chaqueta… qué tonto —pensé. La dejé tirada al subir a su cama. Vi claramente cómo una de sus manos la cogían del suelo.

—No, tuya no es, ni siquiera es mía. Esta es de Paul, si no me equivoco… ¿Pero cómo ha llegado hasta tu habitación? —preguntó Adrián.

Ni idea hijo, no lo sé. Quizás la trajiste por error… o yo. Llévasela o déjasela por ahí.

—¿Estás bien, madre? ¡Parece que hubieras visto un fantasma!

No, ¿qué dices? —sonrió Laura—. Tengo dolor de cabeza.

—Te traigo una pastilla o un vaso con agua, estas colorada ¿tienes fiebre?

Vas a salir ¿verdad? Cierra con llave que me tumbaré un rato, a ver si se me pasa.

—Vale vale, volveré al rato. Si necesitas algo, me escribes.

Vale cariño. Adiós Lucí. Adiós Lau.

Debajo de su cama, entre zapatos y motas de polvo, sentí que la puerta nunca se cerraría. Qué momento tan tenso.

Laura estaba de pie junto a la ventana, asegurándose de que se alejaran en la dirección correcta. Mi cabeza apenas asomaba; desde allí podía percibir cómo su respiración se aceleraba, y un ligero temblor en sus pies delataba la intensidad de lo que acabábamos de compartir.

Laura, esperando que todo este en orden.

Uf… ya puedes salir. ¡Paul, sigues ahí!

¡Sí! ¿A dónde podría ir?

Nos miramos en silencio; la tensión parecía haberse desvanecido, dejando un vacío extraño en la habitación, su habitación. Me quedé en blanco, sin saber cómo reaccionar, como si al marcharse el peligro también se hubiera llevado la chispa de aquel encuentro.

Mientras sacudía mi ropa, más por nervios que por otra cosa, ella se acercó, pasando los dedos por su cabello. 

Seguro que quieres quedarte —susurró, y su sonrisa me hizo dudar entre marcharme o quedarme.

Me acerqué hasta donde estaba y la contemplé de pies a cabeza, sonriendo mientras liberaba toda la tensión acumulada durante aquellos interminables minutos. Volví a besar sus labios; esta vez fue un beso profundo, sus labios se encontraron con los míos con hambre contenida.

Nuestras manos se entrelazaban y se recorrían con urgencia, explorando con impaciencia lo que habíamos esperado durante tanto tiempo. Nos miramos, y juntos nos dirigimos hacia su cama, cada paso cargado de emoción contenida que nos envolvía.

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