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Aprendiendo de Laura, la madre de mi mejor amigo.

Relato erótico de ficción. Contenido exclusivo para mayores de 18 años. Todos los personajes son adultos.

Laura es la madre de mi mejor amigo, Adrián.
Visitar su casa por las noches, inventando excusas cada vez menos necesarias, se había convertido en una rutina para mí; necesitaba verla, admirarla, noche tras noche.
Laura siempre vestía de una forma imposible de ignorar, como si no le importara mi presencia… o como si la buscara.
Nunca parecía molesta cuando yo estaba allí. Al contrario: casi siempre acabábamos a solas.

No sé si después de este relato sucedido hace tres meses, volvamos a mirarnos de la misma manera. Yo sabía cuándo Adrián saldría con su novia y me aprovechaba de esa información.

Laura siempre vestía prendas ajustadas, me sentía atraído por su figura, nada de ropa holgada ni batas clásicas: lo mostraba casi todo, Adrián siempre le reclamaba por lucir tan provocativa, sobre todo cuando había visita. —estamos en confianza cariño, ¿verdad Paul?— sonreía, mirándome discretamente.

Ella siempre ha sido de mente abierta, con su hijo y conmigo. Sé que ha tenido más de 3 parejas a lo largo de 4 años, repetía en tono irónico que todas las relaciones son una pérdida de tiempo. Cuando bebía con sus amigas del gym, escuchaba cómo decía: —Los hombres son de usar y tirar—. Admiraba esa libertad, esa espontaneidad de vivir su sexualidad sin dar explicaciones a nadie.

A veces, en su habitación, se escuchaban gemidos de placer con algún “amigo cariñoso”, como solía llamarlos. Para mí, eso solo demostraba seguridad y confianza en sí misma.

Cada vez que nos quedábamos solos, terminábamos hablando de experiencias personales. Me gustaba contarle mis aventuras sexuales, me escuchaba atentamente, como una maestra a su alumno. Por eso me atreví a compartir mis inseguridades: sabía de su experiencia y me sentí seguro.

Laura, una mujer madura y segura en si misma.

Estos momentos eran la oportunidad perfecta para hablar de mis dificultades a la hora de complacer a mi pareja, especialmente en el sexo oral. Aunque me esforzaba, nunca alcanzaba los estándares que debía de cumplir. Mi tendencia a bloquearme y dejar que las dudas dominaran mis pensamientos habían arruinado más de una relación.

Me era fácil ligar, pero cuando llegaba la intimidad, todo se complicaba.

Debo decir que siempre me han gustado las mujeres con experiencia, y esas relaciones en la mayoría de veces terminaban mal, no entendía como algo placentero podría complicarse de manera tan absurda.

Yo un poco contrariado, sentía que si las personas con las que más frecuento, les va mal, a mí también me ira mal, lo estaba asumiendo de manera inconsciente y con este pensamiento justificaba mis fallos. Mientras más me esforzaba, más fácil era ceder.

Para Laura y para mí las relaciones eran cortas, rápidas, esto lo veía reflejado en nuestras charlas nocturnas.

Con ella, hablábamos de todo: besos largos, abrazos, caricias discretas. Más de una vez nos hemos besado, pero siempre de manera práctica, llevando estas sesiones en total secreto. —Adrián ignoraba lo que sucedía entre su madre y yo—.

Una tarde de primavera, tocamos el sexo oral, ella pensaba que no me satisfacían, la deje que hablara durante un rato, incluso me dio pautas para no venirme pronto, porque según dice, cuando una quiere hacerte estallar rápido sabe cómo y de qué manera hacerlo.

Sin darme cuenta estaba recibiendo información que desconocía, aquella que usaría como ventaja. ¡Pero no!, le dije que era al contrario, yo no sabía hacerlo bien.

Al oírme decir esto, su semblante cambio, se le ruborizaron las mejillas y hasta sentía pena por mi torpe desempeño. —venga, dime como lo haces—, dijo ella. Junte las palmas de mis manos y trate de mostrar mi técnica, el estado de risa que eso le provoco jamás lo olvidaré, además de hacerlo mal, estaba siendo reprendido por utilizar mal mi órgano gustativo.

Recuperada la seriedad, ella se recostó en la cama, abriéndose ligeramente. Me pidió colocar mis manos sobre sus piernas y acercarme lentamente. Un suspiro escapó de su pecho mientras sus manos acariciaban suavemente mi cabeza.—no puedo creer que esté haciendo esto— dijo. Intenté no mirar directamente y concentrarme en la demostración que me pedía.

Una mano acariciaba suavemente mi cabeza, y la otra era una máscara sobre mi rostro, dos de sus dedos hacían guardia sobre mis ya humedecidos labios. Remarcó que sólo era un ejemplo —evite mirar directamente—, que debía de tenerlo en consideración. Ella tendida boca arriba, acerco mi rostro hacia su vientre.

Mis labios habían sido bloqueados a cualquier intento por rozar o sentir algo que no estaba permitido, ella lo había dejado claro desde el inicio.

Esta situación inevitablemente me puso muy burro, mi paquete rosaba el colchón. Mis brazos intentaban no ceder ante su intimidad, mis suspiros resoplaban sin control, creo que era por el impulso hormonal entre la curiosidad y la cercanía. Intentaba no ceder a ideas de placer, mi fuerte inhalación despertó una señal de alerta.

  • —Lo bien que se sentía estar entre sus piernas—.

Fue difícil controlarme, esto podría más que mis buenas razones por respetarla, una idea por sentirla escapaba a mi cordura. ¿Porque no me dice cómo hacerlo? y salimos de esta situación tan embarazosa, que situación tan explícita y excitante a la vez.

Su voz me aparto de mis locas fantasías y me volvió a la realidad, un tirón de sus manos sobre mis cabellos me advertían que nada de esto debía de interpretarse como una insinuación y mucho menos, ni una sola palabra a su hijo.

Ella sólo quería saber dónde estaban mis fallos, era demostración y aprendizaje.

Mi cara observaba su vientre rollizo subir y bajar, la excitación hacía mella en su sentido de cordura. ¿Debía suponer que mis exhalaciones ventilaban alguna fibra en su interior?.

Los minutos pasaban y su mano cedía poco a poco contra su propia naturaleza.

Mis manos adheridas a sus muslos cambiaron de posición, lo fácil que fue colocar mis codos sobre el colchón y mis manos sobre sus ingles. Esta situación me acerco más a un  panorama que visualizaba de manera completa, estando en esta posición deje de suspirar, ya podría suceder cualquier cosa, pensaba yo.

Mi barbilla rozo levemente su bajo vientre, ya no habían palabras. La red que envolvía mi rostro se había roto. Mi barba de tres días raspaba esa fina tela de seda color crema.

Ese movimiento fue el inicio, mis dedos arañaban sus ingles, mi visión era total sobre su vagina. El subir y bajar de mi barbilla se fue confundiendo entre esta y mis labios. Era tan ligera aquella tela que fácilmente podía distinguir el elástico de sus bragas.

Mis dedos suavemente se sumergieron por debajo de aquel pantaloncillo corto.

Suaves suspiros se dejaban escuchar en la habitación que por cosas del azar estaba casi a oscuras, su piso, hace menos de una hora se había quedado vacío.

Mis dedos hurgaban en sus pliegues casi humedecidos por el calor que empezaba a brotar de su cuerpo. Oír mi barba arañar esa fina prenda, mis inhalaciones, sus espasmos y la exploración de su zona vaginal nos estaba excitando mucho.

Esta explicación estaba yendo más allá de una simple demostración; mis labios sentían aquella zona tan deseada, la que tantas veces habían encendido mis fantasías.

Al vernos tan volcados, tan receptivos, dejamos escapar muchos gemidos, mucha liberación de deseo se manifestó de forma voluntaria, ¿Esto era parte de la enseñanza? ¿Estoy preparado para mis futuras relaciones? ¿El preámbulo es importante? ¿Porque se excitó de esta manera?

La cercanía hacia su sexo era tan intensa que lo sentí. Nuestros labios se rozaron con una delicadeza casi imperceptible, mientras el aroma de su piel y sudor me envolvían. Me era tan fácil olerla. La habitación nos cubría por completo, y yo inhalaba con fuerza esa fragancia embriagadora, un perfume que parecía filtrarse a través de la fina seda, como si la humedad de su deseo comenzara a reclamar su espacio.

Nuestra calentura se hacía más evidente, nuestros cuerpos se retorcían al compás de nuestras respiraciones, mi mirada no se apartaba de su vagina bien marcada, mi lengua jugaba en aquella zona, sus manos guiaban mis movimientos, no dejaba que me aleje.

Por alguna razón, se detuvo de manera abrupta, sus manos me levantaron, mirándome a los ojos de manera penetrante, pensé que era momento para el siguiente paso, ahora nos desvestiríamos completamente. Me aparte ligeramente para despojarme de la camiseta, —debes irte, ahora— dijo.

No intenté decir nada más. Crucé la puerta de la habitación y bajé las escaleras, sintiendo el chirrido de la puerta principal al abrirse. Volví sobre mis pasos, con la esperanza de no ser descubierto.

—Madre, subo con Lucí a mi habitación. ¿Lau? ¿Estás en casa? —preguntó Adrián, sin sospechar que, justo en ese instante, alguien permanecía en la habitación, oculto a su vista.

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